Las evidencias muestran que los niños tienen muchas más probabilidades que los adultos de ser mordidos por perros, y con mayor gravedad. Entender por qué es fundamental para reducir los incidentes y proteger a las familias.
Los niños, especialmente los menores de nueve años, son los más afectados por las mordeduras de perros. La cabeza, la cara y el cuello son las zonas más atacadas en menores, mientras que en adultos son las extremidades. Hay varias razones para esta mayor vulnerabilidad.
Los niños tienen una capacidad de lectura del lenguaje canino muy limitada. No reconocen las señales de advert encia: gruñidos, postura rígida, mirada fija, cola baja, orejas hacia atrás. Los adultos podemos detectarlas e interpretar situaciones de riesgo. Los niños corren, gritan, hacen movimientos bruscos e impredecibles y miran fijamente a los ojos del perro (señal de amenaza en el lenguaje canino). Su altura es similar a la del perro y facilita el contacto directo cara a cara, zona de mayor riesgo. La impulsividad propia de la infancia los lleva a abrazar, molestar mientras el perro come o duerme, o acercarse a perros desconocidos sin permiso.
Uno de los mitos más peligrosos es creer que «mi perro nunca mordería». La mayoría de las mordeduras a niños ocurren con el perro de la propia familia o de un conocido, con frecuencia cuando no hay supervisión adulta. El riesgo no está solo en los perros desconocidos.
Perros no socializados, estresados, con dolor, que guardan recursos o que tienen historial de comportamientos agresivos son de mayor riesgo. Aun así, cualquier perro puede morder en circunstancias de estrés extremo. El tamaño del perro no es el único factor: perros pequeños también pueden causar lesiones graves en la cara de un niño.
Las principales medidas preventivas son nunca dejar a un niño sin supervisar con un perro, incluso si es el perro familiar; enseñar a los niños a reconocer las señales de estrés canino y a no molestar al perro cuando come, duerme o cuida a sus crías; y educar al perro con socialización y adiestramiento positivo desde cachorro. La prevención empieza en casa y requiere implicación activa de los adultos.