Los dueños de gatos saben que lo primero que deben aprender cuando un miembro gatuno se incorpora a la familia es cómo acariciarlo para que les resulte placentero a la par que beneficioso. He aquí algunos consejos que podemos tener en cuenta para acariciar a nuestro gato:
No podemos comenzar a acariciarlo sin más porque es posible que nos rechace o se muestre hostil. Por eso, antes de empezar la sesión de arrumacos es importante que le demos señales de lo que vamos a hacer. ¿Y cómo se hace eso? Pues acercándonos despacio a él y hablándole con cariño antes de posar nuestra mano en su pelaje.
Hay gatos que disfrutan con las caricias en la zona de la cabeza y otros prefieren que les masajeen el lomo. Si sabemos qué áreas son las que más le gusta a nuestra mascota, comencemos con ellas. Así el animal se relajará y se mostrará tolerante a que continuemos las caricias por otras zonas que son más sensibles.
Para no llevarnos un arañazo y que el felino se marche enfadado, es muy importante que en todo momento observemos el comportamiento del gato. Puede ser que en ese instante no esté muy receptivo y desee que le dejemos solo. Si es así, es mejor que dejemos las caricias para otro momento. Por supuesto, hemos de tener paciencia y respetar su ritmo. Si el animal se ha enfadado porque no quería caricias o nos hemos extendido demasiado con ellas y nos ha arañado, no debemos molestarnos ni gritarle. Ni, por supuesto, emplear la violencia física. Es un animal y, como tal, somos nosotros los que tenemos que adecuarnos a sus necesidades.
Hay gatos que no toleran bien que les acaricien la barriga o la espalda. Una vez que hayamos masajeado sus áreas preferidas, poco a poco podemos ir avanzando y entender los arrumacos a aquellas otras más sensibles. Nunca debemos forzar al animal. Es necesario que observemos que el felino está relajado con las caricias y que tolera bien que le toquemos aquellas partes que menos le gustan.
Normalmente, se aconseja que se ejerza una ligera presión con los dedos y que los movimientos sean lentos, suaves y circulares. De este modo, además de conseguir que se relaje y disfrute de los mismos, haremos que libere endorfinas, lo que hará que se sienta feliz.
Aunque cada gato es un individuo, hay zonas que la gran mayoría rechaza o tolera muy mal si la persona no es alguien de su total confianza. La barriga es la zona más sensible: exponer el vientre es un gesto de confianza y vulnerabilidad, no una invitación a las caricias. Muchos gatos que muestran el vientre se ponen a la defensiva en cuanto les tocas, porque tienen ahí sus órganos vitales y el instinto de protegerlos es muy fuerte. La base de la cola también puede resultar incómoda o hiperestimulante para muchos gatos. Las patas y los pies son otra zona que suelen rehuir, a no ser que se les haya acostumbrado desde cachorros. El hocico y los bigotes son extremadamente sensibles: los bigotes son órganos sensoriales y tocarlos genera incomodidad. Si tu gato reacciona mal cuando le acaricias alguna zona concreta, respeta ese límite y no insistas.
Los gatos rara vez atacan sin avisar; el problema es que sus señales se pueden ignorar fácilmente si no se conocen. Antes de arañar o morder, el gato muestra señales de sobreestimulación: la cola empieza a moverse de un lado a otro con más velocidad, la piel del lomo puede temblar o contraerse, las orejas rotan hacia atrás o se aplanan ligeramente, las pupilas se dilatan, el cuerpo se tensa y deja de ronronear o emite un ronroneo más grave. Si observas cualquiera de estas señales, detén las caricias inmediatamente y deja que el gato se aleje. No lo retengas ni sigas tocándolo. Ignorar estas señales repetidamente daña la confianza del gato y puede convertirlo en un animal más reactivo. Aprende el umbral de tolerancia de tu gato y respétalo: algunos quieren 5 minutos de caricias, otros solo 30 segundos.
Acariciar a un gato no es solo un momento de afecto: tiene efectos medibles en la salud de ambos. En el gato, las caricias suaves estimulan la liberación de oxitocina y reducen el cortisol (hormona del estrés), contribuyendo a un sistema inmunológico más fuerte y a un comportamiento más equilibrado. En el dueño, el contacto físico con el gato reduce la presión arterial, disminuye el ritmo cardíaco y reduce los niveles de ansiedad; varios estudios han demostrado que acariciar a un gato reduce el riesgo cardiovascular en personas mayores. Además, las sesiones regulares de caricias permiten detectar cambios físicos en el cuerpo del gato: bultos, zonas sensibles, pérdida de masa muscular o alteraciones en el pelaje que pueden ser señales tempranas de enfermedad. El grooming social (caricias en las zonas que el gato se lame solo, como detrás de las orejas y en la garganta) mimetiza el comportamiento de acicalamiento mutuo entre gatos y refuerza especialmente el vínculo afectivo.