Esa agresividad es un mecanismo de defensa natural que les sirve para mantenerse alejados de los demás. El problema surge cuando el gato, además, ataca. Su comportamiento previo nos lo avisa: gruñe, nos mira fijamente, levanta el cuerpo, las orejas y la cola, el pelaje se le eriza y se le contraen las pupilas. Cuando esto sucede, es recomendable dejar al gato tranquilo durante un rato y consultar con el veterinario para que valore el origen de ese comportamiento.
En la mayoría de los casos, detrás de la agresividad puede esconderse una enfermedad. Se sabe que el hipotiroidismo y la hipertensión ocasionan agresividad. Del mismo modo, los dolores musculares y óseos, como la artritis, también pueden hacer que tu gato se rebele cuando te acercas a acariciarlo. Además, hay una serie de infecciones que causan agitación en los animales, así como actitudes algo violentas. Incluso en determinados casos, un tumor es el origen de su agresividad. De ahí que sea necesario que consultemos con el veterinario para que localice qué le produce esa reacción y cómo reducir sus síntomas.
Mientras el animal recibe el correspondiente tratamiento, tendremos que hacer todo lo posible por ayudarlo para que se sienta mejor. Sigue estos consejos:
La agresividad felina no es un comportamiento uniforme; los expertos distinguen varios tipos según su origen. La agresividad por miedo aparece cuando el gato se siente amenazado y no puede escapar: adopta una postura defensiva con orejas pegadas, pelo erizado y maúlla en tono grave. La agresividad territorial se produce cuando otro animal o persona invade el espacio que el gato considera propio, siendo más frecuente cuando llega un nuevo animal al hogar. La agresividad redirigida es especialmente peligrosa porque el gato, incapaz de atacar el estímulo que le provoca frustración —como otro gato visto por la ventana—, descarga la tensión sobre la persona o animal más cercano. Por último, la agresividad por dolor es una respuesta involuntaria al malestar físico: un gato que normalmente es tranquilo puede morder o arañar si se le toca una zona dolorida. Identificar el tipo de agresividad es el primer paso para buscar la solución adecuada.
Los gatos casi siempre avisan antes de atacar; el problema es que sus señales pueden ser sutiles o muy rápidas. Entre las más claras están: la cola que se agita con movimientos bruscos de un lado a otro, las orejas giradas hacia atrás o aplastadas contra la cabeza, las pupilas muy dilatadas, el pelaje erizado en el lomo y la cola, y el cuerpo tenso con el peso desplazado hacia atrás. Un siseo o gruñido es ya una señal de alerta máxima: el gato está a un paso del ataque. Aprender a leer este lenguaje corporal te permite retirarte a tiempo y dar espacio al animal antes de que la situación escale. Nunca intentes calmar a un gato en ese estado acercándote o hablándole en voz alta; lo mejor es alejarse con movimientos lentos y sin mirar directamente a sus ojos.
Muchos episodios de agresividad felina tienen su raíz en el aburrimiento, la frustración o el estrés acumulado por un entorno empobrecido. Un gato con suficiente estimulación tiene menos probabilidades de volcar su energía en conductas agresivas. Las medidas más efectivas incluyen: instalar rascadores y estanterías en altura para que pueda trepar y observar su territorio desde un lugar seguro, ofrecer sesiones de juego interactivo de al menos 10-15 minutos al día con juguetes tipo caña para canalizar el instinto cazador, distribuir la comida en comederos de enriquecimiento o escondida en diferentes puntos de la casa para mantener su mente activa, y garantizar que en hogares con varios gatos cada animal tenga su propio espacio, comedero y zona de descanso. Si el problema persiste a pesar de estas medidas, un etólogo veterinario puede diseñar un plan de modificación de conducta específico para tu gato.