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Historia del Pekinés

Historia del Pekinés


PekinésEl Pekinés tiene una historia muy rica y es, merecidamente, una raza que tiene gran popularidad en todo el mundo. Criado meticulosamente durante siglos por los soberanos de la China imperial, el Pekinés era un animal muy apreciado en los palacios reales, donde vivía separado del resto de perros.

Aquellos ejemplares que estaban en los palacios eran de mejor calidad que los que tenía el pueblo llano, y estos últimos eran de tamaño algo mayor y con un aspecto general más recio. Los perros de las casas reales eran a veces regalados a otros monarcas asiáticos y, sin duda, algunas de esas líneas transmitieron ciertas características a otras razas orientales. El Chin japonés, el Carlino (Pug), el Tibetan Spaniel y el encantador Perro Happa (que significa «perro de debajo de la mesa»), que se parecía bastante a un Pekinés de pelo corto, son algunos ejemplos obvios. Aunque razas como éstas todavía tienen lazos lejanos, su relación en la Edad Media era más estrecha que en la actualidad.

Se cree que en la antigüedad el Pekinés sólo era tenido por los más altos dignatarios de la corte, por aquellos de sangre real. Del mismo modo que el pueblo llano era obligado a no mirar al emperador, también se les exigía apartar la vista, bajo pena de muerte, siempre que apareciera un Pekinés. Ciertamente, este perro era tenido en muy alta estima (hay quienes dicen que hasta era considerado sagrado). Había incluso Pekineses a los que se les habían entregado galardones literarios. A uno se le entregó la Orden Oficial del Sombrero, que se podría comparar con el actual Premio Nobel de la Paz.

El Pekinés en el arte

Podemos ver claramente, en el arte chino, que el Pekinés y el Carlino eran dos razas bastante apartadas, y esto se hace evidente en los cuadros de la China Imperial. Miles de años antes del inicio de la era cristiana, los perros aparecían en las obras de bronce chinas y más tarde aparecieron perros pequeños parecidos a un león hechos de cerámica y porcelana. En el arte budista chino se utilizó frecuentemente y de forma simbólica un león mitológico sagrado y al final se permitió que fuera el Pekinés el que lo representara.

Los cuadros de los siglos XVII y XVIII nos dan una buena idea de los perros que se criaban en el Palacio Imperial, ya que se solía encargar con frecuencia a los artistas de la corte que retrataran a los perros de palacio. Había un pergamino concreto, pintado delicadamente por Tsou Yi-Kwei, que mostraba a un centenar de perros.

En el arte del siglo XVIII, el Pekinés seguía un patrón bastante convencional. Este perro casi siempre tenía unas manchas bastante uniformes y una expresión similar, con unos ojos grandes y saltones. Incluso hasta finales del siglo XIX, la emperatriz viuda Tzu Hsi, conocida por el gran aprecio que sentía por los Pekineses, siguió este estilo en sus propios cuadros, al igual que lo hizo su profesora de pintura.

Ciertamente, hay muchas obras valiosas en el arte chino en las que abundan los retratos del Perro León, que era el nombre que recibía el Pekinés. Muchos se conservan en museos abiertos al público, pero otros más pertenecen a colecciones particulares. Durante el siglo XIX, los cuadros se parecían enormemente a ejemplares reales y aparecían pintados como hermosas miniaturas en abanicos, cajitas para el rapé, farolillos, biombos y cofrecillos.

La emperadora Tzu Hsi

Como princesa de Pequín, Tzu Hsi era muy aficionada a todos los animales pequeños y los pájaros canoros, y siempre tenía tiempo para dedicarse a sus amigos los animales. Como anciana fue conocida, cariñosamente, como «Vieja Buda» y continuó con su gran interés por la cría de perros hasta el fin de sus días como emperatriz.Pekinés

Antes de ella, a los perros pequeños se les impedía, por costumbre, el crecimiento mediante métodos mecánicos y fármacos. Esto permitía llevarlos en las mangas de los vestidos de las damas cuando estaban en la corte, lo que originó el nombre «perro de manga». De todas formas, la emperatriz puso fin a estos métodos y fomentó los naturales, entre los que se incluía la cría selectiva como medio de mantener pequeño el tamaño.

La mayoría de sus Pekineses eran del color de la marta cibelina o rojo oscuro, pero le gustaban muchos colores y también tenía ejemplares negros, particolores y blancos. Incluso se dijo que algunos de ellos eran criados para hacer conjunto con el color de las peonías y de la fruta que crecía en las riberas de los lagos de los terrenos del Palacio de Verano.

Aunque su referencia se hace bastante extensa, en la opinión de la autora, ningún libro acerca del Pekinés estaría completo si no incluyera la interpretación de la descripción de la emperatriz Tzu Hsi ni los consejos acerca de esta raza. Se dijo que estas palabras eran «perlas derramadas por los labios de Su Majestad Imperial Tzu Hsi, emperatriz viuda del florido país de Confucio»:

Permite que el Perro León sea
pequeño;
permite que lleve la ancha
esclavina de la dignidad
alrededor de su cuello;
permite que muestre el undoso
estandarte de ostentación
sobre su dorso;

Permite que su cara sea negra;
permite que su parte delantera
sea vellosa;
permite que su frente sea recta
y baja,
como la frente de un luchador
por la armonía imperial.

Permite que sus ojos sean
grandes y luminosos;
permite que sus orejas estén
implantadas como si fueran las
velas de un junco de guerra;
permite que su trufa sea como
la del Dios Mono de los indios.

Permite que sus patas
delanteras estén dobladas,
para que así no quiera irse
lejos,
ni abandonar los recintos
imperiales.

Permite que su cuerpo tenga la
forma
como la de un león cazador
que espía a su presa.
Permite que sus pies tengan
flecos
con mucho pelo para que sus
pasos no hagan ruido;
y en cuanto a la pompa de su
estandarte,
permite que rivalice con la
cola del yak tibetano,
que crece para proteger a la
camada imperial
de los ataques de los insectos
voladores.

Permite que sea vital,
que pueda entretenerse con
sus brincos;
permite que sea discreto,
que no se ponga en peligro;
permite que sea de hábitos
amistosos,
que pueda vivir amistosamente
con otros animales,
peces o aves que encuentran
protección en el Palacio
Imperial.

Y en cuanto a su color
permite que sea el del león: de

un cibelino dorado,
para poder ser llevado en las
mangas de una vestimenta
amarilla,
o del color de un oso rojizo,
o de un oso negro, o de un oso
blanco, o listado, como un
dragón
para que así haya perros
adecuados para cada una de
las vestimentas imperiales.

Permite que venere a sus
antepasados,
y deposita ofrendas en el
cementerio de perros
de la Ciudad Prohibida con
cada luna nueva.
Permite que se comporte con
dignidad.
Permite que aprenda a morder
a los demonios extranjeros al
instante.

Permite que sea delicado con
su comida
así se le conocerá como el
Perro Imperial
por su exquisitez.

Aletas de tiburón
e hígados de zarapito
y pechugas de codornices, esto
se le podrá dar de comer;

y en cuanto a la bebida
dale el té fermentado a partir
de los capullos primaverales
de los arbustos que crecen en
la provincia de Hankow,
o la leche de los antílopes
que pacen en los Parques
Imperiales.

Así conservará su integridad y
respeto por sí mismo.
Y el día que esté enfermo,
permite que se le unte
la grasa purificada de la
pierna de un leopardo
sagrado,
y dale de beber una cáscara de
huevo de zorzal llena del
zumo
de una chirimoya en el que se
habrá disuelto tres pizcas
de cuerno de rinoceronte
triturado, y aplícale
sanguijuelas moteadas.

Así permanezca: pero si
muere,
¡recuerda que tú también eres
mortal!

PekinésLa emperatriz era extremadamente consciente y metódica, tanto en su trabajo como en sus aficiones y, aunque a veces podía ser flexible, en otras ocasiones podía ser bastante implacable. Sin duda, se convirtió en una de las grandes emperatrices de Oriente y fue comparada, a su manera, con la reina Victoria de Inglaterra. La emperatriz viuda Tzu Hsi falleció en noviembre de 1908. Al año siguiente se enterraron sus restos en un funeral que costó la mitad que cualquier otro funeral real hasta la fecha. Uno de sus Pekineses favoritos fue delante del féretro hasta llegar a la tumba. Se trataba de Moon-tan (que significa «peonía») y tenía una mancha amarilla y blanca en la frente. Este suceso guardaba reminiscencias con el fallecimiento del emperador T’ai Tsung, hacía unos 900 años. Su perro, Tao Hua, que significa «flor del melocotonero», siguió a su amo hasta el lugar de su último descanso, y allí murió de pena, se dice, a los pies de la tumba imperial.

Se dice que el perro de la emperatriz también murió de pena, pero otros creen que Moon-tan fue robado y vendido por uno de los eunucos.

La guerra de la flecha

Hubo una guerra, conocida como la Guerra de la Flecha, en la década de 1860 entre China y los aliados occidentales. Se evacuó la casa imperial de Pekín poco después de que los invasores llegaran a la Ciudad Prohibida. De todas formas, olvidaron a cinco Pekineses en el palacio de verano. Se creía que habían pertenecido a una tía del emperador, que decidió no huir, sino quedarse y suicidarse. Los oficiales británicos prendieron a estos perros y se los llevaron a Gran Bretaña, siendo éstos los primeros ejemplares de los que se tiene constancia que llegaron a aquel país. Uno de ellos, una hembra, era excepcionalmente pequeña y era llevada en la gorra militar del teniente Dunne. La rebautizaron como «Looty» y fue presentada ante la reina Victoria, bajo cuyo cuidado quedó hasta la muerte del animal, en 1872.

Looty era de color leonado y blanco y pesaba aproximadamente 1,4 kg. No tenía unos flecos de pelo densos y se parecía más bien a un Lo-sze, que era un tipo de Pekinés de pelo liso. Parece ser que Looty vivía en el castillo de Windsor, pero lo más probable es que pasara la mayor parte del tiempo en las perreras y no como mascota en el castillo. Fue retratada en un cuadro de 1863, obra de un pintor protegido por Sir Edwin Landseer.

Los otros cuatro fueron llevados a ran Bretaña por Lord John Hay y Sir George Fitzroy. Los dos que trajo el primero eran un macho blanco y negro (Schlorf) y una hembra (Hytien), que pesaba poco más de 2 kg y era de un color castaño oscuro con una máscara oscura. Lord Hay se los regaló a su hermana, la duquesa de Wellington y, con la ayuda del macho, que vivió hasta los 18 años, pudo hacer que la raza siguiera viva en Strathfieldsaye. Los otros dos eran bastante pequeños, de color castaño oscuro y con la máscara oscura. Fue a partir de estos dos de quienes derivó la línea Goodwood.

Existen varios relatos del saqueo del Palacio de Verano, que tuvo lugar a finales de 1860. Uno de ellos explica que se lanzó a seis Pekineses a un pozo antes que dejarlos en manos de los «demonios extranjeros». Ciertamente, los pozos eran utilizados para muchas cosas, además de para sacar agua, y entre ellas se incluía la eliminación de la principal concubina del emperador. Es muy posible que se sacaran, a escondidas, más perros de palacio y que éstos fueran vendidos por los eunucos a importantes nobles chinos. Lo cierto es que se encontró a muchos de estos perros fuera de los muros de palacio y se pensaba que se parecían mucho a esos delicados ejemplares.

Primeros ejemplares británicos

Como hemos visto, la cría de Pekineses tuvo lugar en Strathfieldsaye y en Goodwood, y hacia finales de la década de 1890 había por lo menos 17 Pekineses en Fulmar Palace (Slough, Inglaterra) en manos de Lord John Hay. Él llamaba a estos perros Peking Spaniels y escribió relatos muy interesantes acerca de sus bufonadas. Incluso navegaban por el lago en pequeñas balsas y llevaban a cabo maravillosos ejercicios gimnásticos.Pekinés

El criadero Goodwood ya era famoso, puesto que había sido fundado en 1787 para alojar a las jaurías de Foxhound de Goodwood. Hacia finales del siglo XIX parece probable que los Pekineses fueran tenidos como mascotas en Goodwood House, donde se había tenido a otras razas pequeñas. La duquesa de Richmond (propietaria de este criadero) regaló algunos Pekineses a amigos íntimos. En esta época, y como cabría esperar, la mayoría de aficionados a esta raza eran miembros de la aristocracia.

Finales del siglo XIX y principios del XX

Desde el final de la Guerra de la Flecha, a lo largo de la rebelión de los bóxers de 1900 y hasta la muerte de la emperatriz Tzu Hsi en 1908, muchos occidentales habían tenido contactos con China. Como consecuencia, en esta época llegaron a Gran Bretaña perros con verdadero tipo Pekinés (algunos de ellos con un tipo no tan genuino). La mayoría de los importadores eran oficiales del ejército.

Remontándonos al año 1860, cuando se encontró a esos cinco perros en el Palacio de Verano, existen informes de que se hallaron otros 14 «pequeños perros de aspecto extraño» al derribar una puerta cerrada. Dos de estos perros llegaron a Gran Bretaña en 1863. Lara y Zin (este último era un Pekinés totalmente blanco) fueron entregados como regalo de bodas para Lord y Lady Hay. Zin sufrió un accidente y fue sustituido por otro ejemplar llamado Foo. Es probable que los dos primeros hubieran sido criados en China.

Es muy fácil quedar atrapado en los fascinantes sucesos de esas primeras décadas de la historia de la raza en Occidente. En 1885 el almirante Sir William Dowell envió a Gran Bretaña una pareja desde China. Un perro fue entregado por un eunuco de palacio en pago por servicios médicos prestados. Este perro se encuentra entre los varios machos de cría influyentes en esos primeros tiempos y se pagaban de cinco a diez guineas por sus montas, una considerable suma en esa época.

La raza se estaba volviendo muy popular y crecía en número gracias a la ayuda de algunos criadores influyentes. Mrs. Clarice Ashton Cross fundó su importante criadero Alderbourne después de la Primera Guerra Mundial y hubo muchos criadores relevantes en los «felices veinte».

El Pekinés en los Estados Unidos y en el resto del mundo

El Pekinés no apareció en los EE.UU. hasta el final de la rebelión de los bóxers. La emperatriz viuda Tzu Hsi regaló ejemplares a varias damas estadounidenses importantes y entre ellas se encontraba la hija de Theodore Roosevelt, Alice, a la que regaló un macho negro.

Algún que otro ejemplar era sacado de contrabando de China, pero esto suponía un gran riesgo y los eunucos capturados llevando a cabo estos actos podían ser condenados a muerte mediante tortura. En 1901 un perro llamado Pekín fue el primer ejemplar de la raza exhibido en los EE.UU. De todas formas, los estadounidenses interesados en la cría de los Pekineses tendían a mirar hacia Gran Bretaña para realizar sus importaciones.

El American Kennel Club (AKC) comenzó con las inscripciones de ejemplares de esta raza en 1906, momento a partir del cual comenzó a ganar en popularidad. Los aficionados se unieron para potenciar la raza, lo que dio lugar al Pekingese Club of America, fundado en 1909. Un año antes el primer ejemplar de la raza en ganar un título de Campeón fue la hembra negra Chiaou-Ching-Ur, criada por la emperatriz viuda. Tristemente, no dejó descendencia.

El Pekinés es, en la actualidad, ampliamente conocido en la mayoría de países de todo el mundo y en las exposiciones internacionales de campeonato se inscriben muchos ejemplares en todas las categorías. Algunos buenos ejemplares obtienen importantes galardones tras haber competido duramente. Ciertamente, el Pekinés ha llegado a muy altas cotas en la actualidad, con lo que uno no puede dejar de pensar que la emperatriz viuda Tzu Hsi estaría, probablemente, muy orgullosa.

Si deseas saber más sobre el Pekinés te recomendamos la publicación de la editorial Hispano Europea Pekinés Serie Excellence:

Pekinés (Excellence) - Editorial Hispano Europea





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